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Mi madre tiene sus años y hay cosas que no soporta. No soporta la ropa sin planchar, el pelo sin peinar, ni comer en vajilla de cartón. Tampoco los malos modos en la mesa. ¿Por qué decidió acoplarse a un viaje que íbamos a hacer mi novio y yo, SOLOS, a Marruecos? Que el cielo la juzgue. Sí, como a Gene Tierney.

Para empezar la aventura, recalamos en Marrakech. Nuestro riad, barato y básico, pero limpio y bien situado (concretamente entre el cielo y el suelo), nos alegró la llegada. A mi madre le tocó una habitación en la primera planta, y a nosotros en la segunda, justo encima. Después de advertirle que no me llamara por teléfono, ya que las llamadas desde el móvil eran carísimas (para ella y para mí), le dije: «Mamá, vamos a deshacer las maletas. Cualquier cosa que necesites, estamos en la habitación de arriba. El teléfono solo lo usaremos para emergencias. Estaremos encantados de que subas».

Respuesta de mi madre: «¿Te crees que soy retrasada?». Y su puerta se cerró de un portazo a un centímetro de mi cara. Seguro que fue una corriente de aire.

Subí a mi habitación y me puse a pensar en lo que íbamos a hacer con ella esos días, esperando que se soltara poco a poco y perdiera, en caso de tenerla, cualquier inquietud relacionada con su ignorancia respecto a los países islámicos. El sonido del móvil interrumpió mis pensamientos. «¿Mamá? ¿No te dije que sub…?».

«Me voy a dar una vuelta a ver el ambiente. No me esperen. Adiós». Y colgó. ¿Ma…? ¿Mamá? 

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