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Fatu Hiva es la niña bonita de las Marquesas. Conserva casi intactos sus seculares encantos y, a diferencia de otras islas polinesias, como Tahití (si no sabéis cuánto me gusta Tahití, podéis leerlo AQUí), es ajena a los circuitos turísticos convencionales. Tiene una pequeña escuela, un gendarmería sin gendarme, la iglesia sin cura, un par de tiendas muy básicas y dos aldeas: Hana Vave y Omoa. Pero no esperéis escuchar el canto del gallo al amanecer en Fatu Hiva. Nuestro despertador mañanero era el beeee beeeee de las cabras que se encaramaban a los picos más altos y afilados y nos daban así los buenos días. Las condenadas.
No era el único ruido constante capaz de volver loco al más templado reiterativo. El pequeño pueblo de Omoa, en la costa oeste, es el centro polinesio del renacimiento del arte de la tapa, vestimenta tradicional que se elabora a partir de la corteza de árbol. El proceso puede llevar semanas y consiste en desprender la corteza, que luego se pone en una piedra y se machaca con una madera hasta transformarla en una tela de color rojo pardusco. Este arte se ha convertido una verdadera economía manejada por las mujeres que, suponemos, se llama así por el ritmo que se produce al golpear la madera para ablandarla: tap-tap-tap-tap. Hasta el infinito. La cosa es que estaban como locas haciendo eso y engordando versos porque, después de tres años de parón pandémico, a finales de julio vuelven a celebrar un megafestival al que acude gente de todas las islas, hasta de la lejana Tahití.

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Cascada Fatu Hiva

Nos sorprendió que, en medio de la sencillez de la vida isleña, los pescadores tenían barcos impolutos, con motores increíbles, y que los pocos coches que había eran el último modelo. Comment est-ce possible? Parece que la mère patrie (mère, no merde, que os veo venir) se esfuerza para que la gente no abandone la isla en busca de nuevas oportunidades y… It’s Raining Money. Aleluya. Por otra parte, la población es tan reducida que, consaguinidad rules, no les está permitido el emparejamiento entre ellos. Imaginaos decirle a vuestro hijo adolescente que olvide a esa chica especial de la que se ha enamorado, probablemente su prima, y que para sacar a pasear a sus soldaditos del amor tiene que currárselo con una turista. O irse fuera de la isla.
A pesar de la envidia que nos daban sus barcos, pocas personas nos han dejado una sensación de esperanza en la humanidad como las de esta isla, LA ISLA. Sus sonrisas perennes, su alegría natural y su amabilidad con los visitantes nos ayudaron a salir mentalmente indemnes de las siete semanas previas de navegación, solos Chris, Noa y yo, y el mar abierto. Fueron tantos días en alta mar que, cuando pusimos los pies en tierra, todo nos daba vueltas y teníamos la sensación de que nos íbamos a caer al suelo a cada momento.
Pero nada iba a impedirnos vivir esta aventura.

Día cinco, Pomelo 1.450.

Durante el tiempo que estuvimos en Fatu Hiva, dos cosas permanecieron invariables: cada día salía el sol y cada día nos comíamos quinientos pomelos. Después de tanto tiempo en alta mar, sin probar ningún alimento fresco, aquello era como un sueño.
Una mañana, nos topamos con un grupo de americanos y les preguntamos si sabían de alguien que pudiera traernos en su barco un poco de diésel, ya que era muy difícil de conseguir en aquel lugar. Y, sorpresa, antes de irse nos dejaron, además de un libro en español (porque su capitana, inglesa, había vivido en Chile), un tanque con veinte litros de combustible, una bolsa de caramelos toffees y ¡¡chocolate!!! Noa y yo nos pusimos tan contentas que nos colocan un tiburón detrás y se oyen menos los gritos que los que dimos al ver el chocolate. Por supuesto, lo racionamos muchísimo. Después de 49 días en el mar, aprendimos que mejor un poquito cada día que mucho de golpe.
Otro día, nos juntamos con unos noruegos para hacer una fiesta alrededor de una hoguera en la playa, que terminó con la novia del capitán borracha y en caída libre hacia mar. Si queréis saber la historia de cómo tuvimos que eludir amablemente las proposiciones de los ladrones de marihuana de la montaña, venid a vernos y os cuento.

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También coincidimos con una pareja de parisienses que se había ido a vivir allí. Ella era modelo y él trabajaba haciendo producciones de moda para la tele. Sin conocernos de nada, nos invitaron a cenar y nos dejaron quemar nuestra basura (allí la basura es un problema). La pareja estaba intentando construir un Airbnb en una tierra que, atención, les habían prestado indefinidamente. Él era un soñador y quería fundar, en la montaña, una especie de comuna en la que cada uno aportase lo que quisiese. Ella parecía que todavía intentaba acostumbrarse a ese lugar… No se la veía muy feliz

Nosotros, en cambio, pensábamos que la isla estaba llena de maravillas. Un tranquilo paseo hasta la enorme cascada es una de las mejores cosas que se pueden hacer allí. Pero eso, lo de la tranquilidad, solo cuenta para vosotros. En nuestro caso, decidimos emprender el camino de vuelta por un río, en lugar de por el sendero, y terminamos en un sitio de esos que crían abejas para la miel. Para rematar, nos pinchamos todos los pies con objetos punzantes no identificados, pero no había tiempo para la queja. Se estaba haciendo de noche, y estar perdidos y a oscuras en medio de una montaña agreste no suele ser la fantasía viajera más recurrente. Al menos, yo nunca he visto esa oferta en ningún paquete turístico. Consejo no solicitado: No os pongáis creativos en medio de un paraíso salvaje y desconocido justo antes del anochecer.

El 15 de abril nos levantamos temprano y, aunque aún no lo sabíamos, pronto estaríamos en Tahuata, otro increíble destino. Otra aventura.

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¿Es un pájaro? ¿Es una vagina? Es un agujero en la montaña que se conoce como «El hueco de los amantes».

Comments:

  • Carolina

    septiembre 3, 2022

    Ohhh me encantan estas aventuras !
    Por fa sigue escribiendo no pares !!!!!
    Buenos vientos amigos. ⛵️ 🙌🏾🙏🏻♥️

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  • PacoRamon

    septiembre 3, 2022

    Te veo muy imaginativa

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  • Karin Blanco

    septiembre 5, 2022

    Me encanta…🥰🥰

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