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Llegamos hace tres días. Hemos visitado el hotel ese de más de catorce mil euros la suite por noche, el edificio más alto del mundo, playas flipantes, Legoland… pero lo que más les gustó a Niña 2 y Niño 1…

Niños contentos al encontrar mando a distancia de la televisión

Un televisor nos hubiese costado menos que cuatro billetes de avión a Dubái.

 

 

 

El té de la tarde, a 120 euros la taza, vaya si lo amortizamos.
En un descuido, niña 2 se hizo pis en un sofá de terciopelo. Niño 1 quemó con una vela un papel para dibujar que le habían dado y entre los dos podaron unos miniárboles (vivos) que decoraban las mesas.

Tomamos el té en 10 minutos y nos quedamos dos horas merodeando por el hotel. Al salir, un señor fornido se nos acercó para preguntarnos, en inglés, si éramos clientes. Yo le dije yes por los nervios aunque en realidad no había entendido la pregunta.

 

 

 

 

 

 

 

Mientras Hombre me lo aclaraba, el de la puerta llamó a otro. Supusimos que nos iban a echar a patadas. Pero, en lugar de eso, pusieron a nuestra disposición una especie de minicoche parecido a los del golf, con chófer, que nos dio una vuelta por la isla artificial en forma de palmera. Y hasta nos hizo fotos. Solo nos faltaba la gallina y el bocadillo de chorizo del pueblo

 

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