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En el corazón de Bangkok late una calle como si no hubiera un mañana.

No tiene receta, pero sí ingredientes: mochileros y príncipes, ángeles enfermos y héroes caídos, pandilleros y lobos solitarios, tsunamis de sordidez y padres empujando carritos, rubias naturales y de bote, tatuadores que parecen de la mara salvatrucha… 
Oraciones budistas de protección tatuadas en las espaldas de las prostitutas (son su marca de identidad. Las mismas oraciones que lucen en el lomo las occidentales pensando que son algo muy fino y espiritual).

Amores que invitan al malpensamiento.

Los típicos occidentales que van de superintegrados…


Reinas solitarias cargadas de picardía…

Amigas que vieron Resacón 2… y les gustó (también en versión masculina)

Cazadores otoñales (también en versión femenina)

Guerreras del arcoíris…

Lolitas con hambre de carne…

Frutas raras…

Se añaden masajistas callejeros, ruido, baratijas, bebidas y comida de todo pelaje y cualquier otro ingrediente potenciador del placer de los sentidos y se calienta la mezcla a más de 35 grados: Khao San Road.

 

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